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04 Feb

El silencio

andrea torrejon | hija de enfermo adicto

27.05.2015. El silencio está muchas veces sobrevalorado. Tal vez porque no todo el mundo conoce el poder de transformación del ruido. A veces, en la cacofonía de diferentes sonidos, de diferentes voces, podemos perdernos a nosotros mismos. Una persona gritando muy fuerte no siempre consigue hacerse oír. Pero para aquella que quiere evadirse, incluso una nota tenue puede servirle de punto de inflexión.

En el silencio llegan a nosotros cosas buenas, como la risa de un niño en la habitación de al lado. Pero también, y a veces demasiado a menudo, en el silencio nuestros problemas nos encuentran. Y es entonces cuando estamos indefensos ante la realidad.

Siendo adolescente nunca me gustó el silencio. En mi casa, como en tantas otras, si estás en silencio puedes oír las voces de las personas que están en la habitación de al lado. O, como era mi caso, en la cocina. En mi habitación, si estaba en silencio, podía llegar a oír de lo que hablaban mis padres. Siempre era el mismo tema, ahí no había novedad: el alcohol, y cómo mi padre era incapaz de dejarlo, dijera lo que dijera mi madre. Tras escuchar cada una de aquellas conversaciones, el corazón se te iba encogiendo más y más.

Cuando cesaban las voces, todo volvía a quedar en silencio. Y entonces es cuando enfrentas la verdad: tu padre va a morir.

Uno podría pensar que, después de tantas conversaciones, después de tantos días, ya te habrías adaptado a la noticia… Pero no. No hay forma de hacerlo.  Es tu familia, y es en esos momentos, al ver la amenaza que se cierne sobre ella, cuando te das cuenta de que son todo tu mundo. En silencio, ves el cataclismo que se aproxima, la ola devastadora que se va acercando lentamente a la playa… Y tus manos son demasiado pequeñas para pararlo.

Pero tienes que luchar. Luchas una batalla para la que tal vez no estés preparado, que quizá por edad no te corresponda… Pero que es toda tuya. No hay nadie más. Miras a tu alrededor, pero el silencio no tiene la respuesta. No va a ayudarte.

Y entonces se enciende una luz. En mi caso fue algo tan simple como una charla de instituto. Como buen soldado, curtido ya por demasiadas discusiones infructuosas, vuelves a casa armado por primera vez: tienes una tarjeta. Y, lo que es más importante: tienes esperanza. A estas alturas ya tienes claro que tu problema empieza y termina con tu padre… Pero el que tengas identificado el problema no quiere decir que sepas qué hacer.

Con la tarjeta en la mano, el silencio ya significa algo diferente. No eres la única persona en el mundo que está pasando por algo similar. No estás loca, ni estás exagerando, como tantas veces han intentado hacerte creer. Tal vez tu situación no sea la más habitual, y está claro que tú y tu familia no vais a acabar protagonizando algún anuncio lacrimógeno sobre la familia ideal… Pero eso no quiere decir que la situación no pueda enderezarse.

Yo he sido una de las afortunadas. Porque, aunque es cierto que en ese momento la tarjeta no llevó a mi padre a la asociación, sí nos marcó un camino. Que, afortunadamente, decidió recorrer con nosotras.

Y hoy, el silencio significa algo muy diferente. Han cambiado muchas cosas, pero las paredes de mi casa siguen teniendo el mismo grosor que antes. Si estás en silencio, puedes seguir oyendo las voces de las personas que están en la habitación de al lado. Sólo que ahora todo es diferente. Puedes comenzar a apreciarlo por el tono: aquel tono de regaño, el alzar progresivamente la voz, ha desaparecido. Ahora se escuchan conversaciones normales, aquellas que en mi infancia sólo estaban en las películas: desde qué vamos a comer mañana a si hay que vacunar al perro.

Y, lo más importante: hoy tengo un padre. Un padre que me acompaña a todos lados, tal vez por todas aquellas veces que el alcohol le impidió acompañarme. Mi madre siempre estuvo ahí, ayudando en todo lo que podía… Pero la situación muchas veces también la superaba a ella. Y, por mucho que hiciera ella, el hecho es que mi padre, aunque estuviera físicamente ahí, realmente no estaba para lo que importaba.

Hoy, cuando veo todo lo que mi familia es, me doy cuenta de todo lo que me ha quitado el alcohol. Pero también veo lo que ya no me quitará: a mi padre. Soy consciente de que si no fuera por la rehabilitación mi padre ya no estaría en este mundo. No podría contar con él para nada. No estaría para las pequeñas cosas, como ayudarme con la revisión del coche, y mucho menos para las importantes. O, simplemente, estar ahí. 

Cuando llegan los domingos y nos reunimos en la mesa, veo aquella estampa que no pudo producirse en mi infancia, pero que aún así he tenido la suerte de poder vivir: todos sentados a la mesa, con nuestros más y nuestros menos, pero en un ambiente de normalidad que de pequeña no habría podido concebir. Las conversaciones, tan diferentes: ¿Ha llegado ya tu padre de terapia? No, bueno, no le debe faltar mucho, vamos a ir poniendo la mesa mientras llega. Y todas aquellas pequeñas situaciones, que para mucha gente son tan normales, para mí son maravillosas. Porque estamos aquí todos para compartirlas.

Por eso quiero dar las gracias:

          a la asociación, por su labor que realiza día a día, por llevar esperanza y un camino de recuperación a tantas familias

          a mi padre, por seguir su lucha día a día, y no dejarse vencer por el alcohol

Gracias a ellos hoy yo no sólo tengo un padre, sino una familia completa.

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